La enfermedad como camino

LA SOMBRA Y EL SÍNTOMA

El yo (ego) se va formando a partir de una serie de decisiones. Cuando un yo se define a sí mismo lo hace a través de una identificación con ciertas características: "soy arquitecto, casado, trabajador, inteligente, ecologista, hincha de Boca, etc.". Cada una de esas cualidades asumidas es fruto de una decisión tomada en algún momento de la vida entre, al menos, dos posibilidades. De este modo, la identidad "soy sereno y pensante" excluye la posibilidad "soy irritable e impulsivo".

Siguiendo los lineamientos teorizados por Carl Gustav Jung, todas aquellas cualidades que no queremos albergar en nuestra identidad conforman nuestra "sombra". La sombra sería una especie de suma o conjunto de todas las cualidades que el yo no acepta o no reconoce en sí mismo.

Es razonable pensar que el mostrarse sereno en muchos momentos de la vida no implica que esa persona no se irrite en otros. Pero el yo (ego) no siempre es tan razonable. Y así es que se identifica con el atributo de la "serenidad" y expulsa hacia fuera la cualidad "irritable".

Cuando el yo se encuentra con un otro que ejercita la cualidad expulsada suele invadirlo cierta angustia y desprecio. Este otro viene a reflejar esa característica que el ego no quiere reconocer como propia.

Según los médicos Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, los síntomas son partes de nuestra sombra que se nos manifiestan en el cuerpo. La sombra psicológica se introduce en la materia; se corporaliza, a través del síntoma.

El síntoma, pensado de este modo, es integrador; nos impone enfrentarnos con cierta realidad que no queremos ver. Ante un síntoma corporal el ego se ve forzado a aceptar la particularidad rechazada. Lo que negamos en nosotros mismos (nuestra sombra) se nos presenta una y otra vez de diversos modos; a través de otras personas en quienes vemos proyectada nuestra sombra o, también, mediante síntomas somáticos.

La mayoría de las personas suelen presentar resistencia a hablar con franqueza de sus problemas más privados; en cambio, el síntoma delata, revela, sincera. El síntoma devuelve aquella característica de la que el ego quiso desentenderse. La enfermedad vuelve sinceras a las personas. Las vuelve sinceras contra su voluntad; o al menos, contra la voluntad del ego. La enfermedad desenmascara al ego; desinfla su soberbia, lo despoja de su ilusión de entereza.    

 Personalmente entiendo que esta teoría del síntoma y la sombra es aplicable en muchos casos, aunque no permita explicar todas las enfermedades. Casos como los de niños enfermos, por ejemplo, parecen quedar al margen de este tipo de exposición. Una leucemia precoz no podría ser explicada jamás como un retorno de la sombra.

Pero la evidencia de que el postulado de los doctores Dethlefsen y Dahlke  no sea válido para todos los casos no tiene por qué invalidarlo. No por ello deja de ser un abordaje legítimo en algunas personas y en algunas circunstancias. Por ello, sigamos adelante.

En el libro "La enfermedad como camino" estos autores ejemplifican, a través de analizar las dolencias físicas más comunes, la posibilidad que nos dan los síntomas de descubrirnos a nosotros mismos.

Tomemos, por ejemplo, el tema de las alergias.

Sabemos que el organismo tiene un complejo sistema de defensa para garantizar su supervivencia. En este sistema juegan un papel importante los anticuerpos, que, cual soldados, defienden al organismo ante los ataques de agentes externos nocivos (antígenos). En las personas alérgicas, este sistema de defensa funciona exageradamente. El sistema defensivo del alérgico agranda la lista de enemigos reaccionando a la presencia de sustancias externas aún cuando estas no representan peligro alguno. Es así como el organismo entra en guerra contra cosas inofensivas como el polen de las flores, el pelo de los animales, el polvo, etc.

Si al mencionar los mecanismos de defensa del organismo he hablado de guerra y de soldados es, indudablemente, porque todo esto tiene mucho que ver con la agresividad. Ahora bien, no existe ningún fundamento físico ni biológico para considerar al polen como nocivo para el ser humano. Entonces por qué entablar combate contra una sustancia inocua. ¿Cómo se origina este error del sistema inmunológico? Dethlefsen y Dahlke  afirman que "la alergia es expresión de una actitud defensiva y agresiva que ha sido reprimida y obligada a pasar al cuerpo. El alérgico tiene problemas de agresividad que, en la mayoría de los casos, no reconoce y, por lo tanto, no puede asumir." La agresividad que se ve impedida de asomar en la conciencia termina expresándose en la alergia. Y la agresión se halla íntimamente ligada al miedo. Generalmente se ataca aquello a lo cual se teme.

Dethlefsen y Dahlke analizan los alergenos más comunes y establecen algunas analogías. Uno de los principales alergenos es el pelo de los animales domésticos (principalmente de los gatos). "Al pelo de los gatos (y a cualquier pelo) suelen asociarse las caricias y los arrumacos: es fino, sedoso, blando, y, no obstante, <<animal>>. Es un símbolo del amor y tiene una connotación sexual (veánse los animales de felpa que los niños se llevan a la cama)."

El polen de las flores también puede ser tomado como símbolo de la fertilidad y la procreación. Estos elementos actuando como alergenos parecerían revelar la ansiedad que producen ciertos temas como el amor, la sexualidad y la procreación.

De modo similar, el polvo (otro alérgeno frecuente) y la suciedad son fácilmente asociables con elementos negativos. El lenguaje cotidiano es revelador con expresiones como "sacar los trapitos sucios" de la asociación que se suele hacer entre la mugre y los aspectos rechazados de nuestra personalidad; es decir, la sombra jungiana.

Conocí a una señora que era la esposa del intendente de un pequeñisimo pueblo de la provincia. Sufría de alergia y decía que la culpa era de los plátanos. Valiéndose de su condición de "primera dama" del pueblo mandó talar todos los plátanos del lugar. Luego de semejante masacre confió en haber solucionado su problema. Al poco tiempo, comenzó a tener nuevamente síntomas de alergia. Esta vez creyó ver en el gato de su hija al temible enemigo. Pese a los ruegos de la niña, se deshizo del gato. Igualmente, sus síntomas persisten. Ella dice que "hay demasiados gatos en el pueblo".

Según este enfoque, el alérgico únicamente podrá curarse "cuando aprenda a enfrentar concientemente todo aquello que evita y rechaza, y asimilarlo en su conciencia". La solución, entonces, consiste en atender a la sombra e integrarla. Es como el viejo juego infantil del Don Pirulero: cada cual atiende su juego; y el que no, una alergia tendrá.

Lic. Alejandro Quiroga